
El zen de las ollas y los fuegos
“¡Qué complicado!”, rezonga Sentaro y me identifico con él. Estoy viendo ...
“¡Qué complicado!”, rezonga Sentaro y me identifico con él. Estoy viendo Una pastelería en Tokio, de Naomi Kawase, en la plataforma Mubi. La fórmula que abre la película es conocida. Hay un gruñón que lleva adelante su vida como puede y un ser apacible que aparece de improviso, ofrece una ayuda que el protestón acepta a regañadientes... y voilà, empieza la historia.
Así que ahí lo tenemos a Sentaro, al frente de la modesta tienda que da título al film, viendo cómo Tokue, una viejecita llegada no se sabe muy bien de dónde, se planta en la cocina del local y hace la diferencia. Kawase dedica una larga secuencia a Tokue y cada uno de los pasos con que prepara el dulce de porotos rojos de los dorayaki, los pasteles que vende Sentaro.
La anciana no conoce el apuro. Prepara los ingredientes, los deja reposar. Les da uno, dos, más hervores. Se guía por el aroma del vapor. No mira el reloj.
“¿Volvemos a esperar?”, dice, algo exasperado, Sentaro.
“Sería un insulto cocerlos de inmediato”, responde Tokue.
Atención y tiempo. La cocina los requiere. Tanto como el cuidado de una planta, la escucha a un amigo, el acompañamiento a un niño, la delicada orfebrería que subyace a cualquier lazo. A todos.
Llegué a Una pastelería en Tokio porque quería prolongar la luminosa sensación que me había dejado la serie Makanai: la cocinera de las maiko, estrenada este año en Netflix. Originalmente un manga, la serie está dirigida por Hirokazu Koreeda, el mismo de la maravillosa Afterlife o de Nuestra hermana pequeña: a juzgar por sus películas, Koreeda algo sabe sobre la bondad.
Eran los años en que todos éramos chicos y aunque ya pisábamos las calles del mundo adulto, lo hacíamos como extranjeros
La serie se ambienta en una escuela de geiko (más conocidas en Occidente como geishas). Como la tradición de las geiko, la historia tiene mil capas, pero me voy a detener en la más evidente. Cuando Kiyo, el personaje central, descubre que no tiene aptitudes para ser una maiko (aprendiz de geiko), decide quedarse en la escuela como cocinera. Y es entonces que despunta su don, que no es solo el de las ollas y los fuegos, sino el de la capacidad para brindarse. Una delicada sintonía con los demás y con el mundo.
Mientras la anciana cocinera de Una pastelería en Tokio pide respeto para las legumbres que “viajaron un largo camino” desde el campo hasta la ciudad, Kiyo habla con las frutas y verduras que serán parte de sus platos. Les dice: “confío en ustedes”.
Es gracioso, es tierno. Es tan simple como solo pueden serlo las cosas más profundas.
Como confesé al comienzo de esta columna, me siento más cerca de los rezongos de Sentaro que del reconciliado estar en el mundo de Tokue y Kiyo. Lo entiendo, al gruñón. Comprendo su apuro, el tiempo que siempre falta, la incómoda certeza de que las cosas del mundo, más que colaborar, se empecinan en trabar los caminos. Y no creo que me ocurra solo por ser demasiado occidental; de hecho, me juego a que la severa distinción Oriente-Occidente, como tantas otras cosas, algo tiene de cáscara caduca.
Pero entonces, los lazos. Recuerdo a una amiga que amaba cocinar. “Sentí el perfume”, me decía, con un atado de albahaca en la mano, cuando la iba a visitar. Una intensa. Yo, aún menos ducha en la cocina de lo que soy ahora, me reía. No sé si me la tomaba en serio. La adoraba.
Eran los años en que todos éramos chicos y aunque ya pisábamos las calles del mundo adulto, lo hacíamos como extranjeros.
Por esas cosas que a veces pasan, se fue del país, perdimos contacto, lo recuperamos brevemente un día en Madrid. Conocí a su hijo, ella al mío. Tras casi diez años de silencio, retomamos el hilo de nuestras charlas como si el hiato no hubiera existido. Hasta que otra vez el apuro, la falta de tiempo, la distancia. Nos volvimos a perder.
Escribo y siento el sabor de cierta masa crujiente que ella hacía como quien pasea por un parque. Un antídoto para la ausencia.
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/cultura/el-zen-de-las-ollas-y-los-fuegos-nid14022023/